Pachacamac
Pachacamac y La Cultura Lima
La época más antigua en Pachacamac corresponde a la cultura Lima, que
va desde los inicios de nuestra era hasta el año 600 después de cristo, aproximadamente. En lo que a fechas de la antigüedad se refiere las fechas nunca son exactas pues no existen métodos científicos que den exactitud referente a las fechas.
Esta
cultura se desarrolló en las épocas Media y Tardía del Período Intermedio
Temprano (200 a.C. a 600 d.C.) y organizó a los pobladores de esta región
llamada Costa Central (formada por los valles de Chancay, Chillón, Rímac y
Lurín en la costa del Perú) en torno a grandes pirámides, construyeron canales
de irrigación haciendo productivos los valles. Su principal fuente de
alimentación provino del cultivo y de la pesca. Dejaron importantes muestras de
su arte en telas y vasijas de cerámica ("huacos"). La principal urbe
de esta cultura fue Maranga, en el valle del Rímac.
Hasta el momento las evidencias más antiguas de ocupación en
Pachacamac corresponden a construcciones levantadas durante la época de la
cultura Lima, tales como las pirámides llamadas Templo Viejo, Urpiwachac, que es el nombre de la esposa de
Pachacamac, según la mitología andina, y otros edificios pequeños, como el Conjunto Adobitos, que está formado por lo que queda de una
antigua construcción hecha con pequeños adobes (ladrillos de tierra sin
hornear) moldeados a mano y colocados "de pie" en hileras sucesivas,
dando la apariencia de libros en un librero, técnica que distingue a la cultura
Lima. Es posible que la mayor parte de las construcciones de esta época estén
cubiertas por construcciones de las épocas posteriores.
Los Españoles en Pachacamac
En enero de 1533 un grupo de españoles armados y a caballo llegó a
Pachacamac. Están comandados por Hernando Pizarro y fueron enviados desde
Cajamarca para garantizar que envíen el oro pedido por el inca Atahualpa para
pagar el rescate ofrecido a Francisco Pizarro, su captor.
Pidieron ver de inmediato a la huaca. Los sacerdotes de Pachacamac les
explicaron que tenía que esperar, tenían que hacer ayuno, que verlo nadie
podía, que solo ellos lo escuchaban, que cualquier cosa que le quisieran decir
se la dijeran a través suyo. Hernando Pizarro insistió, amenazó con lo mandado
por Atahualpa, amenazó con la fuerz
a. De mala gana lo dejaron entrar.
Los curacas de Pachacamac estaban molestos, pues nadie debía ver al
oráculo, los españoles también estaban muy molestos, pues el oro y plata
recaudados les parecieron insuficientes. Dudaban, pensaban que les escondían el
preciado metal. Furiosos Hernando Pizarro y sus soldados atacaron el templo, lo
quemaron todo.
A continuación, se presentan dos mitos sobre la formación de las Isla La Ballena y su relación con Pachacamac. Estas leyendas son parte de la mitología de la Cultura Inca no muy difundidos pero de transcendental importancia para comprender aún más sobre la organización de esta Cultura y su cosmovisión.
Mito de Vichama
En el principio Pachacámac creo y crió a un hombre y
una mujer. Todo era eriazo, la lumbre del sol secaba los campos y parecía que
la vida se extinguía. Murió el hombre y quedó sola la mujer. Un día ella salió
a buscar raíces entre las espinas para poderse sustentar, alzó los ojos al Sol
y, entre quejas y lágrimas, le dijo así: -Amado creador de todas las cosas,
¿para qué me sacaste a la luz del mundo? ¿Para matarme de hambre? ¿Por qué si
nos criaste nos consumes? Y si tú repartes la vida y la luz en toda la
extensión ¿por qué me niegas el sustento? ¿Por qué no te compadeces de los
afligidos y de los desdichados? Permite, OH padre, que el cielo me mate de una
vez con su rayo o la tierra me trague.
Entonces el sol bajó risueño. La saludó amable.
Condolido de sus lágrimas oyó sus quejas. Le dijo palabras amorosas. Le pidió
que depusiera el miedo y esperase días mejores. Le mandó que continuase sacando
raíces. Cuando estaba ocupada en esto, le infundió sus rayos y ella concibió un
hijo que al poco tiempo nació. El dios Pachacámac, indignado de la intervención
del Sol y sobre todo no se le diera la adoración que se le debía a él, miró con
odio al recién nacido. Sin atender a las clemencias y gritos desesperados de la
madre, que pedía socorros al Sol, lo mató despedazándolo en menudas partes.
Pachacámac, para que nadie se quejase de que no
había alimentos y se volviese a pedir ayuda al Sol, sembró los dientes del
difunto y nació el maíz; sembró las costillas y los huesos y nacieron las
yucas. De la carne nacieron los pepinos, pacaes y demás frutos de los árboles.
Desde entonces no hubo hambre ni necesidad alguna. Al dios Pachacámac se le
debió la fertilidad de la tierra, el sustento y los dulces frutos. Sin embargo,
a la madre no la aplacó ni consoló la abundancia. Cada fruta era un testigo de
su agravio y, cada día, le recordaba a su hijo. Clamó, pues, al Sol y pidió
castigo o remedio a sus desdichas. Bajó el sol, conmovido, hacia la mujer y le
preguntó dónde estaba la vid que había surgido del ombligo del hijo difunto. Al
mostrársele, le dio vida, crio otro hijo y se lo entregó diciéndole que lo
envolviera. Le dijo que su nombre era Vichama. El niño creció hermosísimo,
bello y gallardo mancebo. A imitación de su padre quiso dar vueltas por el
mundo y ver lo criado en él.
Mientras tanto, el dios Pachacámac mató a la madre
que ya era vieja. La dividió en pequeños trozos e hizo comer a los gallinazos y
a los cóndores. Sólo guardó los huesos y cabellos escondidos en las orillas del
mar. Entonces crio hombres y mujeres para que poseyeran el mundo. Nombró curacas
y caciques que lo gobernaran y así empezó el orden y la organización. Después
de un tiempo volvió el semidiós Vichama a su tierra, Vegueta, valle abundante
en árboles y flores que está a una legua de Huaura, deseoso de ver a su madre
pero no la halló. Supo del cruel castigo. Su corazón arrojaba llamas de odio y
fuego de furor sus ojos. Preguntó por los huesos de su madre y al saber dónde
estaban los recogió. Los fue ordenando como solían estar en vida y la resucitó.
Vichama
se dispuso entonces a aniquilar a Pachacámac. Sólo la venganza podría aplacar
su furor. Lo supo el dios, huyó y se metió en el mar, en el valle que lleva su
nombre, donde ahora está su templo. Bramando, Vichama encendía los aires y
centellando recorría los campos. Se volvió contra los de Vegueta culpándoles de
cómplices. Pidió al Sol, su padre, los convirtiese en piedras. Así, todas las
criaturas que formó Pachacámac se convirtieron en cerros, rocas y moles
inmensas; todo quedó desolado y no se pudo deshacer el castigo. Curacas,
caciques, nobles y valerosos fueron arrastrados a la costa y playas del mar y
quedaron convertidos en huacas, en peñones, arrecifes, ripios e isletas e
islas, que hasta hoy se observan en las playas de Pachacámac.
Viendo Vichama
el mundo sin hombres, sin que nadie adorase al sol rogó a su padre que criase
nuevos hombres. El sol le envió tres huevos: uno de oro, otro de plata y un
tercero de cobre. Del huevo de oro salieron los curacas, los caciques y los
nobles. Del de plata salieron sus mujeres. Del huevo de cobre salió la gente
plebeya, los mitayos, sus mujeres y familias. Se poblaron así nuevamente los
valles de la costa. Desde entonces los habitantes adoran los cerros y huacas,
en homenaje a sus antepasados, a su origen.
Kuniraya Wiracocha Y Kawillaka (Mito
de Huarochiri)
Primitivamente este Kuniraya Wiracocha caminaba muy
pobremente vestido. Su manto y su túnica se veían llenos de roturas y de
remiendos. Los hombres, aquellos que no lo conocían, se figuraban que era un
infeliz piojoso y le menospreciaban. Pero él era el conductor de todos estos
pueblos. Con su sola palabra hacía que fueran abundantes las cosechas, hacía
aparecer bien murados los andenes hacia que la flor de caña llamada pupuna aparezca,
dejaba abiertos y establecidos los acueductos. Luego anduvo realizando muy
útiles trabajos, empequeñeciendo con su sabiduría a los dioses de los otros
pueblos.
En aquellos mismos tiempos vivía una diosa llamada
Kawillaka. Se mantenía siempre virgen y porque era muy hermosa no había dios,
fuera mayor, fuera menor, que deseoso de yacer con ella, no la enamorase. Pero
ella nunca admitió a ninguno. De esa manera, sin permitir que nadie la tentase,
pasaba los días tejiendo al pie de un lúcumo. Pero Kuniraya, valiéndose de su
sabiduría, se convirtió en un pájaro y fue a posarse entre el ramaje del árbol.
Allí, tomó una lúcuma madura e introduciendo en ella su simiente la dejó caer
muy cerca de la mujer. Ésta se comió muy contenta la fruta. De esa sola manera,
sin que varón alguno se le hubiese aproximado, la diosa apareció encinta. Como
sucede con todas las mujeres en tal estado, a los nueve meses Kawillaka tuvo
que dar a luz, a pesar de su doncellez. Por espacio de un año alimentó al niño
con el pecho, preguntándose continuamente para quién pudo haberlo concebido.
Transcurrido el año y cuando el niño comenzó a
caminar a gatas, Kawillaka convocó un día a todos los dioses, mayores y
menores, pensando que de este modo le seria dado conocer al padre de su hijo.
Al oír el llamado, todos ellos acudieron ataviados con sus mejores vestiduras,
cada uno ansioso de ser el preferido de la diosa.
Esta reunión se realizó en Anchiqhocha, que era el
lugar donde la diosa residía. No bien tomaron asiento todos los dioses, mayores
y menores, la mujer les dirigió estas palabras: -Ved, señores y nobles varones,
reconoced a este niño. ¿Cuál de vosotros pudo haberme fecundado? ¿Tú? ¿Tú? -fue
así preguntándoles uno por uno, a solas. Y ninguno de ellos pudo decir:
"Es mi hijo". Por su parte, aquel que hemos llamado Kuniraya
Wiracocha había tomado asiento a un extremo y al verlo en esa traza tan
lastimosa Kawillaka no se dignó preguntarle, pensando con menosprecio:
"¿Ese menesteroso fuera el padre de mi hijo?" En vista de que ninguno
de esos apuestos varones pudo decir: "Es mi hijo", la diosa le dijo
al niño: -Anda, hijo mío, y reconoce tú mismo a tu padre. Y dirigiéndose a los
dioses, dijo: -Si alguno de vosotros es su padre, a él se encaramará el niño.
Entonces el pequeñuelo fue caminando a gatas y empezando de un extremo recorrió
la fila de dioses sin detenerse ante ninguno, hasta que llegando al otro
extremo, allí donde se sentaba su padre, se puso a trepar a los muslos de él,
presuroso y regocijado. Al ver aquello, la madre montó en cólera y gritó: -¡Qué
horror! ¿Yo hubiese dado a luz un hijo de semejante desdichado? Luego tomó en
brazos al niño y huyó hacia el mar. En medio del asombro de los demás dioses,
Kuniraya Wiracocha apareció vestido con un traje de oro y exclamó: -¡Presto me
amará ella! Y se lanzó en seguimiento de la diosa diciéndole: - ¡Hermana Kawillaka,
vuelve a mí los ojos! ¡Mírame cuan decente ya estoy! Y haciendo resplandecer su
traje de oro se detuvo. Empero Kawillaka no volvió los ojos hacia el dios y
siguió huyendo. -Voy a desaparecer dentro del mar, ya que hube dado a luz un
hijo de tan horroroso y despreciable varón -decía enderezando hacía el mar. La
madre se arrojó con su hijo al agua y al punto ambos se convirtieron en rocas.
Ahora mismo, en el profundo mar de Pachacámac, se empinan dos rocas imponentes
que parecen seres humanos sentados.


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